El necio desmán de matar la muerte

 

Recibido: 2009-10-22
Aceptado: 2010-26-02

 

José Luis del Barco

Universidad de Málaga, España


El tiempo pasado y el tiempo futuro
lo que podría haber sido y lo que ha sido
apuntan a un solo fin, que está siempre presente.
(T. S. Eliot)

Ahora, por fin, esa cosa distinguida, la muerte.
(H. James)

 

En el mar de incertidumbres de esta vida, la verdad más segura es la muerte. Podemos solazarnos con el juego escéptico de poner en entredicho lo humano y lo divino, pavonearnos de pisotear las grandes certezas, tildar de dogmática la fe en la verdad o ensalzar la postura del descreído que cree a pie juntillas que todo es mentira. Pero es vano extender la sombra de la duda sobre "los vertiginosos ojos claros de la muerte", como dice el verso impecable de Gabriel Celaya. Ante el filo aguzado de su guadaña reculan los titubeos. Tal vez no salga mañana el sol ensoberbecido que nos alumbra, pero es segurísimo que la Gran Señora acudirá puntualmente a la cita. Ignoramos el momento pero no que acudirá. Mors certa, hora incerta. Ocioso sería el recordatorio de tan palmaria certeza si viviéramos despiertos. Pero vivimos medio dormidos y no oímos la voz que anuncia las grandes cosas. Tal vez la especie humana / no puede soportar mucha realidad, canta Thomas Stearns Eliot en el primero de sus Cuatro cuartetos, y necesita que le recuerden de cuando en cuando la radical e inquietante. Hacerlo es la misión de la estirpe de los hombres que fundan lo que permanece. Así la cumple Jorge Manrique: Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida / cómo se viene la muerte / tan callando...

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Doblemente cierta es la certeza de la muerte. A la irrefutable de que nada la frena ni retarda, se añade la antropológica de que el bocado de sus fauces voraces es sobre todo el hombre. Bien mirado sólo él muere. Los dioses no, decían los griegos, que llamaban a los hombres "los mortales", y el Dios que es Vida y fuente de la vida triunfa sobre la muerte. El anuncio deicida de Friedrich Nietzsche, "Dios ha muerto" (Gott ist tot), es vana palabrería o hablar por hablar. Tampoco el animal muere o muere mínimamente. Está instalado en la realidad sin sentir la mordedura del tiempo. Vive en el instante o en un continuo presente. El pasado no le duele, ni le causa nostalgia, ni lo evoca entre lamentos como el tramo o trayecto para siempre ido. No siente que el trecho de la existencia ya recorrido sea haber muerto parcialmente. Le es ajena la experiencia de ir muriendo día a día y permanece impasible ante el ayer que se fue. Sólo el hombre sabe que ya no es ayer, sólo él puede decir, como Quevedo, y muerte viva es, Lico, nuestra vida. La animal no es así. Es atolondrada e inconsciente de que las jornadas ya recorridas del peregrinar por este mundo son el botín que la muerte expolia a la vida antes de se acabar e consumir. La estela que deja atrás la nave de la existencia son horas fenecidas mientras continúa la singladura. De ellas se ha enseñoreado la muerte insaciable y las ha incorporado a su reino de olvido. El animal es ajeno a este expolio. Sobrevive en su medio despreocupado e ignorante de que el pasado ha pasado a las garras de la muerte.

No muere en vida porque desconoce cómo se va haciendo dueña y señora de la noria de días a sus espaldas ni siente el pinchazo de su aguijón porque ignora que le aguarda al final del camino delante de él. Ni siente la muerte dejada atrás ni la que le aguarda. Para él es un trance inexistente durante la estancia corta o larga en la tierra. Su tarea entretanto es el vivir elemental propio de la especie. Nace, come, retoza, brinca, se aparea y un buen día se va como vino, en un breve instante sin gravedad. Nada delata su paso por la tierra y el mundo no sufrirá menoscabo por su pérdida. Otro miembro de la especie ocupará su lugar sin merma para la vida y ni padres ni prole notarán su ausencia. Más que morir desaparece o muere mínimamente porque su término es mero cesar.

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El hombre no muere así. Su muerte no es una anécdota sino un acontecimiento esencial. Es el eclipse o desaparición de alguien irreemplazable cuyo sitio en el mundo queda vacío cuando se va. Inminente o lejano, el fin no está nunca ausente de nuestra vida. La razón hay que buscarla en nuestro modo único de vivir en el tiempo. El tiempo humano es más amplio que el del animal. No es como el suyo mera sucesión de instantes, sino flujo ancho, dilatado y extendido por delante y por detrás. Junto al ahora efímero, extinguido al llegar, poseemos el pretérito y el porvenir. Tradiciones, proyectos, evocaciones, planes, nostalgias, ilusiones, arrepentimiento, renovación, memoria o sueños revelan cómo el hombre despliega la epopeya de su aventura en la tierra por toda la envergadura de la extensión temporal. Posee el cauce entero del río del tiempo y lo empapa todo el caudal. Tan dilatada temporalidad da profundidad espléndida a nuestra vida y a nuestra muerte. Vivimos más y morimos más. En todos los tramos del decurso temporal está presente la muerte. En el pasado, como trayecto irrepetible de vida ya incorporado a su feudo. Las horas ruedan al encuentro de la más grave de todas. Las transcurridas ya han expirado y las invertidas en cada jornada de la travesía no volverán. Sabemos sin error que ir viviendo es ir muriendo o un continuo despeñarse por la pendiente de la decadencia hasta el último ocaso. El espejo atestigua la exactitud de esta verdad reflejando el deterioro y los estragos o arañazos del paso de los años. Los músculos pierden tono, se llena la piel de arrugas, esos senderos cavados por la azada del tiempo, la frágil agilidad se vuelve lenta torpeza, los sentidos se embotan, se anquilosan los miembros, las ilusiones mueren a golpe de desaliento o carcomidas por la rutina del día a día. Doblan campanas por los tiempos fenecidos. Pero anuncian, asimismo, que la carroza del viaje último aguarda en el futuro. También en el porvenir descubrimos la presencia ostentosa de la muerte. En el tiempo incierto por llegar, en el camino por recorrer, sembrado de dudas e inseguridades, está agazapada la certeza segurísima de la hora final. Sólo ignoramos en cuál. "Puedo morir, dice Wittgenstein, dentro de una hora, puedo morir dentro de dos horas, puedo morir dentro de un mes o dentro de algunos años. No puedo saberlo y nada puedo hacer ni a favor ni en contra: así es la vida". Es privilegio del hombre saber que la zarpa de la muerte tapiará un día sus ojos y es prerrogativa suya prepararse para ella, anticiparla o temerla. El verso acendrado de F. Hülderlin lo dice soberbiamente: Pues las aves del bosque respiran más libremente /pero al humano pecho le colma el orgullo / y él, que barrunta el futuro lejano / ve también la muerte y es único en temerla. La muerte escolta a la vida como la sombra al cuerpo. Le lanza a todas horas, sobre el pasado y sobre el futuro, en el camino hecho y en el por hacer, su proyección de sombra.

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La muerte, ya se ve, es un asunto ante todo del hombre. Sólo él sabe, dejo hablar de nuevo a Eliot, que en mi comienzo está mi fin. La vida, el rumbo que siga, la hechura que adquiera, el ideal a que se consagre o el sentido que tenga dependen de ello. Lo que hacemos con la vida depende sobremanera de qué sea la muerte. Cuando se cree que es el pórtico de la nada para siempre, la entrada en el piélago de la extinción total o el umbral del pudridero donde aguardan los gusanos, convertimos el vivir en carrera apresurada en pos del disfrute. Como las horas fugaces no volverán, hay que estrujarlas para sacarles el zumo delicioso del goce. Somos moradores temporales de la tierra e inquilinos transitorios en su posada de encantos. Hemos de adornarla con las prendas mejores y más gustosas para que cada segundo de la breve estancia sea vivido con intensidad. Brindis, burbujas, decibelios, verbenas, serpentinas, saraos, confetis, vértigo. Bienvenido es lo que sea. El tiempo huye como exhalación y hay que apurar los instantes. Un soplo es la vida. Se va irremediablemente, se escurre con sigilo como los pies en el hielo, se escapa por los engarces de la cadena de horas asignada a cada cual como arena entre los dedos. Para frenar la huida se recurre al placer, un bebedizo de embaucamiento, que nos atrapa en su red de dicha espuria creando la ilusión de que se puede vivir la eternidad en cada instante. Mientras gozamos no oímos los pasos sordos del tiempo y confundimos el aturdimiento con la plenitud de la eternidad. La nerviosa súplica de Nietzsche dirigida al instante para que se haga eterno es fruto de ese embeleco. Y la desmesura de Fausto de pedir que se detenga es efecto, asimismo, de su poder de engaño: Verweile doch! Du bist so schón! (¡Detente! ¡Eres tan hermoso!). El intento de ocultar la presencia de la muerte apurando hasta las heces la copa del placer convierte la vida en sierva del hedonismo. ¡Comamos y bebamos que mañana moriremos! El ideal hedonista invita al deleite omnímodo hasta el último aliento porque no hay otra oportunidad. La única es la vida y se acaba con la muerte. Para aprovecharla al máximo, hay que agarrar el día, como recomienda Horacio, o vivir distraídos de fiesta en fiesta, como aconseja la sociedad divertida y animada hoy en boga. Pasarlo bien como sea, que son dos días, o disfrutar mientras el cuerpo aguante son las grandes consignas de la actual cultura del espectáculo. Invita a regodearse antes de que la muerte baje el telón y concluya la obra e instiga a ver la vida como ocasión para el goce porque ve en la muerte el ocaso definitivo. ¿No vamos a aprovechar la oportunidad antes de dejar de ser? Eso sería necedad, así que vivamos de espaldas a la muerte, clama el hedonismo, y démonos al placer como si no existiera. Ese ideal de vida ha convertido la muerte en un asunto tabú del que está prohibido hablar y en el que no hay que pensar. "Los hombres, dice Pascal, al no haber podido remediar la muerte, la miseria o la ignorancia, se han puesto de acuerdo, para ser felices, en no pensar en ella". Si lo hacemos, corremos el peligro de encapotar la existencia con nubes soturnas de desazón que deprimen el ánimo e importunan el regodeo de la verbena. La muerte es una aguafiestas, una contrariedad o un contratiempo que nos impide tener la fiesta en paz. "Debe esconderse y esterilizarse, dice M. Allué, por el horror que llega a producir". La represión de la muerte se ha extendido como lenta metástasis por la conciencia contemporánea y la sociedad actual la ha arrinconado donde no se ve. Todo, intimidades, miserias, lances vergonzosos, secretos de alcoba, se saca a luz, se exhibe y airea. Pero a ella se la esconde. Mencionarla en público es impúdico o un acto obsceno. En la cultura banal, fervorosa del permisivismo, es marginada de la vida pública. Ha sido confinada "detrás de las bambalinas de la vida social", dice Norbert Elias en La soledad de los moribundos. Ponerla delante encoge el corazón, apoca el ánimo, frena la expansión de la voluntad: se malogra el solaz y la atmósfera leve donde se liba el placer. La ideología hedonista impide a toda costa la visión de la muerte. Se vive a vista de todos pero se muere a ocultas. El lamento de Bécquer, Dios mío, ¡qué solos / se quedan los muertos!, retumba hoy más que nunca.

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El necio afán de matar la muerte, o hacer oídos sordos a su voz estentórea, para no debilitar el aliento gozador y refocilarse mientras queden fuerzas, rara vez cumple su promesa dolosa. La idólatra exaltación del placer consigue a menudo lo contrario de lo que busca y es habitual que se anule a sí misma. No hace falta ser seguidor de Schopenhauer, el arisco filósofo del pesimismo, ni compartir su idea del vivir como negocio que no cubre gastos para percatarse de la insensatez de poner el sentido de la existencia en optimizar el goce. La misma vida, con sus golpes y reveses, se encarga de demostrarlo. Una preocupación, un dolor inoportuno, un desengaño, un fracaso, la legión de invisibles amenazas, son diques que detienen la corriente del gozo. Raras veces corre como corcel sin freno y por lo común refluye opugnado por la roedura del sufrimiento o el aguijón de las desazones. Y, por fin, la muerte. Por lejana que se vea, su sombra alargada sombrea el presente, lo enluta e incapacita para gozar sin preocupación. Si al hombre el hambre futura le produce hambre ya hoy, como asegura Hobbes, la muerte venidera le produce muerte hoy. Instalada en cada hora como guadaña en espera frustra sin remedio el plan hedonista. La que fuera acicate para arrebañar el manjar de las horas se convierte en estorbo para apurarlas. "Cuando se comprende que la muerte llegará forzosamente un día u otro y que nada quedará de nosotros, dice Lievin, uno de los personajes centrales de Anna Karénina, la obra inmortal de Lev Tolstói, reconocemos nuestra insignificancia y damos a todo un escaso valor". El mundo y su atractiva oferta de goce palidecen por su culpa. Ella es la enemiga del vivir jocoso, ensombrece lo que toca, amustia al nacer los brotes del júbilo, hiela la risa en los labios. Así se desemboca en la patología de pensar en ella de manera obsesiva. Saborear los instantes porque viene la muerte y sentirlos desabridos porque ya está en camino son extremos que se tocan o el haz y el envés de la misma moneda. Si la muerte empuja a los placeres, también los frena en seco. El deslizamiento de una actitud a la otra se produce insensiblemente. Cuando se impone la seguridad de que les dará fin, el ánimo se tiñe de tono malsano y se da a pensar en ella de modo enfermizo. He ahí la paradoja de la postura hedonista frente a la muerte. Ya es incitación a apresurar el paso en persecución del goce para probarlo todo, ya es agüero de la vanidad del mundo o de que todo es nada placer, riquezas, honores frente a su poder. O se oculta con el ruido de la máquina social o angustia e importuna de forma enfermiza. En uno y otro caso el desenlace es el mismo: trivializarla, tratarla a la ligera, hacer de ella algo banal. Recurriré a la verdad de una mentira, al crudo realismo de una ficción, La muerte de Iván Illich, de Tolstói, para ilustrar el desafuero. El "gran escritor de todas las Rusias", como lo llama Thomas Mann, es un soberbio poeta de la realidad. Usa el artificio, la fábula o la invención, no para fingir, sino para expresar verdades inefables con el lenguaje somero de la lógica. Su mirada profunda llega al misterio oculto en las cosas sin necesidad de fantasear. "Aquél que ve claramente, escribe Stefan Zweig, no necesita inventar; el que contempla poéticamente, novelescamente, no necesita fantasear. Tolstói ha mirado con sus sentidos durante toda su vida y luego ha plasmado lo que ha visto; no conoce el ensueño, sino la realidad". La terrible e inhumana de cómo la sociedad banaliza la muerte es el argumento de la narración. Iván Illich recibe la noticia de que tiene una enfermedad sin cura. Súbitamente siente cómo se le hunde el mundo bajo los pies. La inminencia del fin lo aterra y tortura. No entiende por qué es él el elegido por el destral de la parca, cree arbitrario e injusto el dictamen y se desespera. Le es imposible aceptar el destino, pero sabe íntimamente que ha llegado la hora de enfrentarse con la muerte, "sólo con ella, cara a cara con ella, sin tener que hacer nada con ella, sino mirarla y sentir que se le helaba el corazón". Iván Illich se despeña por la pendiente del abatimiento mientras a su alrededor continúa la fiesta. Le espera la tartana del último viaje y amigos, parientes, colegas y esposa desenrollan banalmente la madeja de las horas con la ligereza habitual. Un ambiente superficial, opuesto a la seriedad de la muerte, envuelve al moribundo. Nada altera la vida de parientes y amigos. Siguen impasibles jugando cada tarde la partida de whist ajenos a la idea de que ellos también morirán. "Esto era, escribe Tolstói, lo que más le torturaba". Familiares y amigos hablan de su muerte con el mismo tono fútil, superficial y mundano que usan para describir el color elegante de los cortinones o el sabor del pescado servido como entremés. La atmósfera mendaz y vacía redobla su soledad y le hace sentirse extraño y sin ningún consuelo. El clima de mentira a su alrededor trivializa "el acto terriblemente majestuoso de la muerte". Y lo trivializa la mentira existencial que ha sido su vida. Su vida ha sido huera, mezquina, mediocre, egoísta, esclava del disimulo y las conveniencias. Una y otra agudizan el dolor incisivo de la muerte, pero la segunda, la existencial, lo hiere con más fuerza. Le hace sospechar que no ha sabido vivir. La sospecha es terrible y le presenta la muerte como algo absurdo que no puede asumir. Ha malogrado la vida y le es imposible aceptar la muerte. "Pero aún estaba a tiempo de remediarlo", escribe Tolstói. Exánime y a punto de expirar, piensa en los demás por primera vez, le duele el dolor ajeno y quisiera aliviarlo. Con la mirada fija en un punto vago más allá del tiempo, "buscó su habitual miedo a la muerte y no lo encontró. ¿Dónde está? ¿Cómo es la muerte? No tenía miedo de ninguna clase, porque tampoco ella existía. En vez de la muerte había luz". En el umbral del ocaso de la aurora sin ocaso se le abre de par en par el sentido de la muerte. Un latigazo de clarividencia, de la luz del sol sin fin que da luz al moribundo en el instante final, le hace ver que el ars moriendi no es otro que el ars vivendi y entre ansias de agonía descubre que nunca es tarde. "Se ha terminado la muerte se dijo. Ya no existe. Aspiró el aire, se detuvo a media aspiración y falleció".

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No exprimir la vida como ordeñador hasta vaciarla, sino llenarla de significado, permite encarar la muerte sin el despecho hedonista. Si se malogra la vida, se juzga absurda la muerte; si aquélla es un pasatiempo, ésta se oculta; si la una se malrota, la otra se banaliza. La tarea de encontrar el sentido de la muerte es la misma que encontrar el sentido de la vida. Los hombres imprescindibles o torres de humanidad que han sabido encontrarlo hacen de ella un tiempo único que merece ser vivido con plena profundidad. No desaprovecharon un solo segundo de su duración efímera e hicieron que la muerte futura tuviera un sentido emancipador. Dieron a cada instante dimensión infinita, no porque los narcotizara el goce que procura, sino porque les permitía llenarlo de vida plena. Ocasión para una obra de plenitud ve en cada segundo el condenado a muerte de El idiota, de Dostoievski. "¿Y si me fuera dado, se pregunta, seguir viviendo? ¡Qué eternidad y toda para mí! De cada minuto haría un siglo, aprovecharía cada segundo, contaría cada instante y no desperdiciaría ni uno solo". Cuando la muerte es estímulo para la vida, ésta adquiere el valor de lo irrepetible: su finitud la potencia; cuando lo es para el goce, ese cántaro horadado como el de Tántalo, que se vacía al llenarlo, tiene un efecto mortífero y resulta insoportable. Mortificadora es para el protagonista de Vivir, la película de Kurosawa, cuando ve que se acerca. Un despiadado cáncer de estómago lo llevará a la tumba pronto y, mientras llega el abrazo de la sepultura gélida, piensa con dolor en su existencia absurda. Reflexiones desasosegadas sobre el fin de todo lo ponen cara a cara frente a esta verdad: su vacío vivir le hace insufrible morir. "Yo no puedo morir todavía dice. No sé para qué he estado viviendo todos estos años". La muerte le parece una sinrazón al examinar la sinrazón de su vida y se hunde en angustiosas tribulaciones que agrandan su soledad. Busca con inquietud respuestas a las preguntas sobre la vida y la muerte, y los amigos de antaño guardan silencio. Pero no todo es mutismo a su alrededor. Un escritor por encargo de noveluchas intrascendentes va a atender su atormentada súplica. Le hace ver que la muerte hace de la vida un soplo, pero un soplo capaz de alzarse a cotas eternas llenándose de sentido. La finitud de la vida permite que el hombre disponga de ella como una totalidad. Es un tiempo en nuestras manos. Disponer de él para el logro de los fines humanos nos hace libres. "Hasta hace poco, dice el escritor al enfermo, usted ha sido esclavo de la vida, pero ahora va a ser su dueño". Ser esclavo de la vida es la esclavitud más opresora e indigna. No un autócrata, el dinero, la lujuria o la envidia nos tiraniza, sino el tiempo asignado a cada cual para fecundar la tierra. De esa férrea tiranía puede liberarnos la conciencia de la muerte. El acabamiento da un privilegio a los seres humanos que no tiene el animal. Nos pone ante la tarea de destinar nuestro tiempo y de destinarnos nosotros mismos y eso nos permite ejercer la forma más alta de libertad. Saber que pronto o tarde habremos de morir da a la vida un aire serio. Si no tuviera final, podría despreocuparme de hacer de ella una obra bella o una irrisión. La infinitud por delante convertiría en huecas tales desazones. No nos inquietaría la turbadora pregunta de Walt Whitman: ¿Dejarás que tu propio fruto se pudra en ti?" (Will you rot your own fruit in yourself there?). Pero la vida tiene final. Dura un tiempo breve y he de empuñar las riendas de la existencia para evitar que se hunda en la bancarrota. El despilfarro mayor es dejarla pasar sin hacer algo con ella y resulta insoportable cuando se acerca la muerte. Iván Illich y el protagonista de la película de Kurosawa encarnan la pavorosa tragedia de morir ignorando por completo qué significa vivir. Pero también la enseñanza de morir con sentido. Ambos moribundos descubren la universal sabiduría imperecedera en la última agonía. La vida es un soplo, breve duración tasada, que serena en la hora difícil de la muerte cuando se ha vivido de forma plena.

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Vivir plenamente es una tarea al alcance de todos. Consiste en hacer algo resistente al paso del tiempo. La noria recoge agua en los cangilones, pero no es seguro que riegue la tierra o humedezca el campo. A veces se desperdicia y a veces se evapora. La rueda de la existencia trae, como la noria, la asignación de horas de cada cual que fecundan o marchitan la vida. En ocasiones dejan tras de sí obras perdurables, y en ocasiones, nada. He ahí el tremendo dilema existencial del que depende el modo de encarar la muerte. Es insufrible y absurda cuando clausura una vida absurda, y coronamiento de la existencia cuando con ella se cumple la indomable aspiración del corazón humano a dejar vestigios con valor de eternidad. Cualquier obra resistente al paso del tiempo, no solamente aquéllas de las que la humanidad guarda perpetua memoria, lo tiene en sumo grado. Hallar o comprender una verdad, la más simple y sencilla, significa acceder a un ámbito intemporal, pues la verdad, la dimensión eterna de las cosas, es inmune al flujo corrosivo del antes, el ahora y el después. Las cosas son temporales, pero no su verdad ni el trato humano con ella. Tampoco lo es la belleza, la inutilidad espléndida, mustio reflejo de lo ideal, brisa de esplendor que llega a este mundo de más allá de la tumba y que el hombre persigue por su vocación de inmortalidad. "Es ese admirable, ese inmortal instinto de lo bello, escribe Baudelaire en su estudio sobre Gautier, el que nos lleva a considerar la tierra y sus espectáculos como un compendio, como una correspondencia del Cielo. La sed insaciable de todo lo que está más allá y que revela la vida es la más viva prueba de la inmortalidad". El bien resiste, asimismo, con más eficacia aún que la verdad o la belleza, la furia devastadora del huracán del tiempo. La bondad no muere. Only the good is universal (sólo el bien es universal), dice Whitman en Birds of passage. El mundo la recuerda desde tiempo inmemorial y la recordará en el tiempo futuro. Ofrecer la mano extendida, velar el sueño de un niño para que no tenga miedo, un favor sin recompensa, dar compañía, el olvido de una ofensa, no mirar el reloj cuando alguien nos pide tiempo, caldear un corazón y un cuerpo arrecidos, una palabra, un gesto, cualquier acción servicial por pequeña que sea, no sólo las heroicas, hacen mejor para siempre el mundo aunque nadie lo vea. Los actos generosos humanizan la tierra y su eficacia liberadora resiste el paso del tiempo. Ver acercarse la muerte con las manos vacías de afanes intemporales, victoriosos o vencidos, espanta a Iván Illich. Cree que es absurdo morir, un colofón insufrible de la odisea del hombre en la tierra, después de un vivir vacío, cuyas huellas borrará pronto el tiempo, y clama por uno pleno, para lo que nunca es tarde, inmune al veneno anonadador de su dentellada aniquiladora. Tal vez entreviera, como revela el hecho de que en el último instante el blanco de su mira fuera el otro, que el amor resiste el golpe del hacha del tiempo y no lo derriban sus tajos secos. Amar es vencer completamente el tiempo. El que ama ratifica en la existencia al amado y se ratifica a sí mismo en ella. Ambos se apuntalan con entibos fuertes capaces de resistir el vórtice del tiempo. La inmortalidad del amor, cantada por Quevedo en inmarcesibles versos, hunde sus raíces en el poder humano de vencerlo amando. Fuego a quien tanto mar ha respetado / y que, en desprecio de las ondas frías, / pasó abrigado en las entrañas mías, / después de haber mis ojos navegado, / merece ser al cielo trasladado, / nuevo esfuerzo del sol y de los días; / y entre las siempre amantes jerarquías, / en el pueblo de luz, arder clavado. Cuando amamos resuena lo eterno en el tiempo y la vida adquiere la plenitud de la eternidad. El amor, como la luz, lo envuelve todo silenciosamente (Love like de light silently wrapping all), dice Walt Whitman. La vida es simulacro de vida cuando no es bañada por esa luz. Se vive realmente, no de mentira o en apariencia, sólo el tiempo que se ama. La vida es auténtica y genuina, no imitación de cartón piedra, mientras se ama. Lo demás es pasar. Recurriré al lenguaje poético, cuyo alígero dardo apunta a regiones inefables, para expresar la idea. Ya no hay en mí lamentos. Tras sentir admirado / tu amor un solo instante, mi voz canta con brío: / un instante he vivido, pues un instante he amado. Vida cumplida, forjadora de obras invulnerables al paso del tiempo bien, verdad, belleza, amor invocan como auxilio el héroe de Kurosawa e Iván Illich en la hora solemne de la muerte.

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Morir dignamente es lo apropiado al hombre, porque la muerte es un asunto humano. La dignidad, ese valor no venal de los seres personales, es distintivo humano de principio a fin. Nunca se le borra y jamás lo pierde. Pero está amenazado y abundan las situaciones en que es objeto de escarnio y se pisotea. Una de las más terribles, por ser la más indefensa, sea tal vez la muerte. En la sociedad actual, infectada por el virus del utilitarismo, se ha propalado la idea de que el valor de la vida es condicional e incluye ciertos requisitos. Vale mientras rinda las debidas prestaciones. Es digna de vida, tiene valor superior que amparar y enaltecer, conserva la dignidad, mientras sea capaz de gozar y producir. Valía, cuando robliza y rebosante de salud, era un volcán de actividad productiva con energía sobrante para darse al disfrute. Nada de ello queda ahora al moribundo exánime a las puertas de la muerte. La irrecuperable pérdida entraña la abolición de la dignidad. He ahí la afrenta a la vida de la ideología utilitarista. La vejación descansa en el terrible olvido de que la muerte es un asunto humano. Sólo el hombre muere. Su sino es morir a la par que va viviendo y definitivamente en la hora final. La muerte es un acontecimiento genuino del ser humano, pero no colectivo, sino de cada uno. Su carácter inalienablemente personal permite, como hace Rilke en El libro de la pobreza y de la muerte, elevar a Dios la súplica: Señor, da a cada cual la muerte que le es propia. En el acto supremo de la vida la dignidad no puede estar ausente. Es escarnio inhumano violarla en cualquier hora y, en la más grave de todas, atentado insensible contra el ser personal. Nada sé decir sobre el auxilio del médico a morir con dignidad. El sabe mejor que nadie cómo aliviar el dolor y la angustia infinitos de la última agonía. Es cirineo que emplea la sabiduría del arte y ciencia médicos para mitigar los tormentos de la partida. Sin su cuidado solícito, ayuda y desvelo, sería difícil morir en forma digna. Pero la muerte no es sólo fin biológico de un organismo. También es fin biográfico, conclusión de la existencia, acabamiento de alguien personal. Si fuéramos capaces de dar sentido al trance, sabríamos cómo morir dignamente. Creo, como he dicho antes, que es absurdo e insoportable cuando la vida ha sido vivir vacío sin significado, y que se afronta con serenidad cuando obras resistentes al paso del tiempo la han llenado de sentido. Todo lo que se le dé ayudará a bien morir y más que nada el origen del sentido pleno al que eleva la fe.





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