La universidad del Siglo XXI1

XXI Century University

Universidade Século XXI

Jorge Leyva-Durán
Universidad de La Sabana. Colombia.jorgeld@unisabana.edu.co

Para citar este artículo / To reference this article / Para citar este artigo
Leyva-Durán, J. (2012). La universidad del Siglo XXI. Educ. Educ. Vol. 15, No. 2,305-310.

 


Pareciera que la inagotable capacidad del hombre de responder a los retos de los tiempos podría estar siendo desbordada por el asombroso universo de la electrónica. La magia de las nuevas "redes sociales", hoy "Indispensables" para el diario vivir, están permeando a viejos y niños: con tocar una tecla, "enter", tenemos información que supera la imaginación más febril, dando respuestas a cualquier duda, dando acceso al apasionante mundo del saber. También está llevando a que millones encuentren un sentido de pertenencia que satisface su espíritu sociable, saben que son oídos y que tienen disponible distracciones de todo tipo para todas las edades y gustos. Pero con frecuencia, esta situación crea dependencias preocupantes. Mientras que la verdad y la mentira marchan hombro a hombro, las personas se limitan a ser consumidores compulsivos, y la "nube informática" -"archivo virtual" sin límites morales- termina reduciendo el valor absoluto del hombre a sus instintos. Y si a esto se le suma la confusión de muchos -promovidas por algunos, celebrada por otros y difundida alegremente por los medios de comunicación-frente a la verdad y la opinión, la libertad de y la libertad para, el placer y la felicidad, el amor y el deseo, la ley y la justicia, la naturaleza humana y los sentimientos, la responsabilidad y la opción, el egoísmo y los derechos... la humanidad está caminando por arenas movedizas altamente peligrosas.

La educación superior mundial también ha sido tocada por esta "nube informática" para bien y para mal. Se está enriqueciendo como nunca el quehacer académico, se ha facilitado la gestión administrativa de forma inimaginable. Pero, también, cada minuto, se pueden estar desactualizando cientos de miles de profesionales, se está desviando la academia hacia fines ajenos a sus objetivos fundamentales. Se están desconociendo las necesidades y realidades culturales, geográficas y económicas, regionales y locales, y acogiendo programas y saberes globalizados: "holísticos", sin beneficio de inventario.

Por ejemplo, se puede recordar que hace poco la calidad de la educación de un país era medida por la calidad de vida de sus habitantes, éste ya no es el patrón de medida. Hoy el estándar de la "calidad" de la educación es establecido por el Estado: ideologías seculares de ilustrados y gobiernos, aún en la educación superior. Hace poco lo anterior hubiera sido motivo de vergüenza y escándalo en cualquier democracia. Se desconoce, sin ruborizarse, los principios de autonomía de la educación y libertad de enseñanza-fundamento necesario de la investigación, razón de ser de la educación superior: "buscar y amar la verdad".

S.S. Benedicto XVI (2012), recientemente, llamaba la atención al respecto en estos términos:

En nuestro tiempo las ciencias empíricas han transformado nuestra visión del mundo, incluso el entendimiento del hombre de sí mismo. Numerosos descubrimientos y tecnologías innovadoras, que continúan avanzando a una velocidad increíble, son una razón justificada para enorgullecerse, pero a menudo no vienen sin preocupantes efectos secundarios. Tras un extendido optimismo del conocimiento científico, de hecho se difunde una sombra de crisis del pensamiento, rico en medios pero no en los fines. El hombre en nuestro tiempo a menudo vive condicionado por el reduccionismo y el relativismo que lo están guiando hacia la pérdida del sentido de las cosas, se está casi deslumbrado por la eficacia técnica y olvida el horizonte esencial de la pregunta por su sentido, y de este modo relega la dimensión trascendente a la insignificancia.

Invito a estudiantes de medicina y cuerpo docente así como a científicos en general a una mayor conciencia de la relación entre ciencia y fe: "Con esta integralidad, experimentada completamente, esta búsqueda es iluminada por la ciencia y la fe, sacando vigor e ímpetu de estas dos alas y nunca perdiendo el debido sentido de humildad y sus propias limitaciones. En este sentido, la búsqueda de Dios enriquece el entendimiento volviéndose fermento de cultura y promotor del verdadero humanismo. Una búsqueda que no se detiene en la superficie. Queridos amigos, permítanse siempre ser guiados por la sabiduría que proviene de lo alto, por el conocimiento iluminado por la fe, recordando que esa sabiduría requiere pasión en el trabajo de la investigación."2

Esta introducción muestra que el milagro informático digital no es el problema, pero si reclama a voces esa capacidad natural del hombre de superar las exigencias de los tiempos, reencontrándose el hombre con hombre, para responder oportunamente. Es claro que las novedades positivas y negativas reclaman hombres y mujeres que vean la ciencia, la naturaleza y su fe como una oportunidad para construir un mundo digno de la verdad de la persona humana. Profesionales preparados para volar con esas dos alas y responder libremente a las sorpresas científicas y tecnológicas de cada día: seleccionando, validando, adaptando, enriqueciendo, innovando las propuestas del mercado mundial de programas académicos. Líderes capaces de caracterizar las realidades locales y regionales, en el entendido que el auténtico desarrollo económico de los pueblos depende de la verdad, la libertad y el amor, naturales a la persona humana, y de la actualidad y profundidad de su preparación académica, de manera que se le pueda dar el valor agregado a los recursos naturales regionales y locales propios, en beneficio personal - en vez de tener que comprar en el exterior los subproductos de sus recursos exportados sin transformación alguna.

Es evidente que este reto reclama el reencuentro de la universidad con su origen humanista, de manera que el ser y el deber humano permee y enriquezca de nuevo a la sociedad integralmente. Es indispensable que el eje vertebrador académico sea la búsqueda rigurosa de la verdad -investigación superior- dentro de un ambiente autónomo y de diálogo, informando a los alumnos como personas virtuosas. Ya no basta con que la universidad cumpla con unos programas académicos -en muchos casos excesivos en número de materias, estáticos, rígidos, limitados en tiempo y contenido-y gradúe profesionales que vivirán de un diploma pronto envejecido, en respuesta a una exigencia estatal o coyuntural. Cómo desconocer que academia sin investigación es una ruleta rusa, que ciencia sin ética es una bomba de tiempo, que investigación sin sentido solidario es antinatural, que la realidad siempre es más que los logros de una investigación, que academia que desconozca la unidad del hombre es reduccionista, que ciencia sin fe es volar golpeándose contra el suelo, que desanimarse frente a los imposibles es rendirse frente al futuro.

Es impostergable contagiar a los estudiantes del espíritu humanista investigativo con sentido comunitario. Es igualmente importante seguir informando a los egresados, con las novedades de sus carreras y especialidades: ¿qué tal si la universidad establece un centro de información, tipo "twiter o chat virtual", amigable, sobre los avances científicos mundiales: llamando la atención sobre novedades en publicaciones especializadas?3 ¿Valdría la pena considerar la semi-presencialidad? ¿Qué tal una docencia personal, personalizada y personalizante? ¿No será más importante la interdisciplinariedad que muchas materias inconexas? ¿Será el momento de reducir el número de materias en favor de la profundidad y el criterio? ¿Será el momento del aprendizaje-investigación? ¿Convendría que los primeros semestres sean para aprender a pensar, a investigar y leer, sin que se tenga que competir con las materias instructivas y técnicas? ¿No será conveniente que, en los dos primeros semestres, se enseñe a leer los clásicos, se apliquen "talleres de pensamiento" y se aprenda a investigar?4 ¿Habría que desarrollar nuevas metodologías pedagógicas que respondan a las habilidades y capacidades de los alumnos y que permitan su reflexión sobre los componentes humanísticos que interesan a la institución?

Igual que lo anterior, habría que intentar describir el profesional que requiere los tiempos. Con la siguiente enumeración de virtudes humanas se pretende estimular un debate sobre el humanista del Siglo XXI.

Profesionales prudentes, sedientos de verdad, que buscan los caminos que conduzcan a ella y obran en consecuencia. Que se preguntan ¿quién soy yo? ¿de dónde vengo? ¿hacia dónde voy? Que fusionan el conocimiento del plano humano con el plano sobrenatural. Que reconocen que hay un bien y un mal. Que recurren a la razón para orientar su voluntad. Que prevean las consecuencias de sus decisiones: el futuro. Que entienden que están llamados, constitutivamente, a ser más. Que buscan conformar conocimiento y realidad: la primacía del ser sobre el pensar. Que dan a su vida talante sobrenatural: reconocen el alcance trascendente del conocimiento humano. Ven que su misión es ver en su profesión la verdad del hombre, que: el ser de su naturaleza se pierde sin un deber ser. Saben que la libertad para... es rumbo seguro frente a la incertidumbre de la libertad de... Buscan los dictámenes rectos de su conciencia para su autorrealización. Que tienen un plan de vida y de familia. Que transforman en bien los embrujos del tener, poder y placer. Que ven que la plenitud personal supone trascender, tanto en su sentido horizontal -en la relación con los otros- como en sentido vertical: Dios, el bien sumo.

Profesionales críticos que piensan, que buscan respuestas. Oyen, escuchan y preguntan. Son los inconformes, abiertos a la novedad útil. Defienden la autonomía informada. Cuestionan lo que no tiene fuentes serias, lo que no es riguroso. Son los intransigentes frente a lo mediocre, lo inútil, lo negativo. No asumen: averiguan y piensan, se informan. Toman la iniciativa con buen criterio: discernimiento, capacidad de análisis, de escoger, elegir, juzgar. Se atreven a pensar por cuenta propia, comparando su opinión con la realidad. Dialogan, familiarizan con los pensadores de todos los tiempos. Se asombran con el valor superior irreductible de la naturaleza humana: luchan, hombro con hombro, con aquello que no entienden, hasta entenderlo. Disintiendo con razones, enriquecen los organismos colegiados. Saben que la crítica empieza por la autocrítica, son conscientes de sus logros, fracasos y limitaciones. Ante sofismas tipo: "desarrollo sostenible" preguntan: ¿sostenible? ¿A los ojos de quién?

Profesionales cultos, los que recuerdan lo significativo del saber heredado y olvidan lo demás. Los curiosos que leen lo relevante que pase por sus manos. Saben leer: seleccionan lo que leen, disfrutan lo inteligente, interesante y positivo, son los que han leído varias veces los clásicos universales. Son los que se saben discípulos y maestros de quienes pasen por su vida. Son aquellos que sufren con los que sufren y gozan con los que gozan, y procuran aliviar el dolor ajeno. Son delicados, aún en el disgusto. Dialogan con ignorantes y sabios. Pierden con grandeza y ganan con humildad. Reconocen sus propios fracasos y limitaciones: se ríen de ellos mismos. Manejan el idioma con precisión y sencillez. Valoran lo importante para los demás: religión, ideologías, folclor, liturgia, imágenes y símbolos religiosos, mitos, tradiciones, gustos. Piden perdón sin preguntar quién tiene la razón. Están al día en el acontecer universal. Viven y mueren con dignidad. No confunden medios con fines o fines con medios. Reconocen la ética como el trono de la dignidad humana, garantía de una vida lograda. Son doctos: saben que la vida humana es el bien perfecto, el primer derecho: necesario para los otros derechos humanos. Alivian el dolor, no eliminan la vida del paciente. Defienden la vida humana en todas sus etapas y situaciones, desde su concepción hasta la muerte natural sin acudir a recursos no naturales inútiles, pasan del "cure" al "care". Asumen sus responsabilidades sociales: ven que justo es salvaguardar el bien para todos, para la comunidad humana. En fin, son los que entienden que el alma de la cultura es la cultura del alma.

Profesionales con carácter, que tienen identidad personal, que han desarrollado hábitos positivos: esas perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad, necesarias en el logro de la plenitud personal. Son los que han adquirido costumbres que definen su personalidad. Aquellos que fortalecen su interior: la honradez, fidelidad, el espíritu de justicia, buenos sentimientos, sinceridad. Que saben conducirse con nobleza y rectitud. Obran con disposiciones humanamente nobles, sinceras, reales, compasivas, honradas. Son esos para los cuales es natural el compromiso, el esfuerzo, el trabajo, el sacrificio, la abnegación. Los que tienen la fuerza moral. Los que manejan su tiempo con inteligencia y serenidad. Son libres frente a lo atractivo sin sentido: son dueños de si. Líderes que saben dónde y cuándo parar. Los que conocen la templanza: el señorío sobre cuerpo y alma, los que entienden que "no todo lo que se puede hacer se debe hacer", los que superar los distractores y atractivos indebidos, los que tienen temple de ganadores. Aprecian la grandeza de la austeridad. Son los que brillan por su espíritu de servicio, soporte de las virtudes sobrenaturales. Viven la caridad: esencia de la perfección humana. Ven la sexualidad humana a partir de la ética, de la virtud: entienden su sexualidad como la vocación más radical como persona humana. Aman a alguien, no a algo. Viven para el otro, no con el otro. Entienden el amor como don, comunidad, reciprocidad. Como padres de familia, se saben participes de la paternidad de Dios. Conjugan la serenidad con la prontitud. Superan prejuicios y el dolor por la armonía comunitaria. Son los que toman su trabajo en serio: aquellos que ven un reto en lo más pequeño y un triunfo en cada paso que dan: acaban lo que empiezan, lo mejor posible. Toman a la empresa en la que trabajan como propia y el trabajo como un privilegio. Asumen el trabajo como oportunidad para servir. Se proyectan y analizan resultados: la calidad total es su meta. No importa en qué trabajan: saben que el futuro de la empresa está en sus manos. Saben delegar lo delegable, para el éxito empresarial. Consultan, no dan órdenes: dialogan. Ven su trabajo como oportunidad de servir a sus subalternos, como clientes internos, que deben ser atendidos con prontitud. Trabajan en equipo, con entusiasmo y alegría.

Profesionales que saben de arte (plásticas, música, letras, gráficas, liturgia, arquitectura, escénicas, gastronomía...). Saben que el arte debe deleitar, informar y formar. Frente al arte, dialogan y familiarizan con los artistas de todos los tiempos. Entienden que corresponde al arte dejar recordación y respuestas para las generaciones futuras. Buscan en el arte disciplina, libertad, virtud, maestría, sensibilidad, verdad. Reconocen en el arte la historia de la humanidad. Entienden al artista como aquel que respeta lo bello del hombre y la mujer. Aquel que muestra su alma en su obra. Los que ven la belleza de la vida humana, la belleza de lo espiritual: la creación, lo infinito. Los que ven la belleza del amor, de lo eterno, de la esperanza. Conocen de arte, su historia, entienden su evolución y sus técnicas. Saben que no todo lo que llaman arte es arte, no caen en la vulgarización. Buscan la verdad de la obra leída y su intención, en su contexto y su unidad. Se interesan y disfrutan las diferentes tradiciones culturales. Viajan para conocer otros mundos. Valoran el arte de vivir y el arte de amar. Ven que no solo el arte se inspira en la naturaleza: porque la virtud también se nutre de la naturaleza y del arte.

Profesionales con autoridad profesional por su rigor científico, por su disciplina intelectual, por su responsabilidad, su espíritu inquisitivo, su rectitud moral, por su afición por la investigación. Por su generosidad: no improvisan, no se rutinizan: no deshumanizan su profesión. Son aquellos que salen de si para servir a muchos. Inspiran confianza por sus logros profesionales, por su simpatía y constancia, por su transparencia. Son los que están subscritos a importantes publicaciones académicas. Comparten, publican sus logros: aportan en eventos científicos. Ven en su profesión un arte: entienden que les corresponde crear, estudiar, actualizar y pulir sus logros. Saben soñar: no dejan el futuro en manos de otros, no delegan aquello que es importante para ellos: su futuro. Encuentran en los fracasos oportunidad: una nueva aventura. Ante la dificultad se crecen, la enfrentan, la disfrutan, no la evaden, no buscan el camino fácil: acuden a la imaginación, a la creatividad, a la alegría. No se rinden: se levantan del fracaso con más fuerza. No aceptan los "imposibles", los "nunca se ha hecho", los "mañanas", los "no se puede", los "después", los "no hay con qué", los "no hay con quién". No dicen basta cuando buscan la verdad. Contagian optimismo, alegría, buen humor, confianza. Su esperanza se evidencia en cada paso que dan. Ven la mano de Dios en las disciplinas académicas positivas: que cuerpo y alma son unidad, que trabajo, estudio, descanso, familia, van de la mano. Entienden que madurez es hacerse como niños.

Profesionales de la paz, los conscientes de que justicia es el nombre de la paz: que justicia es amor, que amor es solidaridad, que la solidaridad pide subsidiariedad. Son los que ven la paz como el fruto de la justicia y efecto de la caridad: trascienden de lo legal a lo justo y de lo justo al amor. Saben que la paz es obligación de todos. En los conflictos acuden a las razones positivas de las partes: construyen sobre lo común entre diferencias. No conocen el odio o la venganza. Ven que para el logro de la paz es necesario un orden social recto, humano, no solo desde el punto de vista conmutativo: también desde el punto de vista contributivo y distributivo. Saben que la paz se logra: con pasión, colaboración, fraternidad, paciencia, compromiso y sin prejuicios. Velan porque la justicia no pierda su conexión con sus raices trascendentes, ven que lo justo está enraizado en la dignidad profunda de la persona: la ley moral y natural y la caridad. No entienden la justicia que desconozca la naturaleza humana. Son conscientes de que el auténtico desarrollo de la persona y la sociedad pide la caridad en la verdad. Entienden que las crisis del mundo -espirituales, económicas, culturales, morales- son crisis de amor, hasta el heroísmo de ser necesario: falta de ver que el bien moral es inmutable, que las verdades morales son universales, que la verdad informa a la libertad moral, que educar para la justicia y la paz es construir un futuro digno para todos. Entienden que el relativismo amenaza el recto uso de la libertad, necesaria en la búsqueda de la paz. Viven la caridad: esencia de la perfección humana.

Profesionales que por su capacidad de amar-a su Creador, a la vida y la naturaleza, a la verdad, a su familia, a su profesión, al estudio, a su trabajo, a su comunidad, a lo justo, a la ciencia, la paz y la libertad- son levadura, fermento, de amor para el mundo, y su paso por el tiempo es un aporte original a la sabiduría universal. Asi habrán logrado la meta más esquiva para la persona humana: la felicidad.


1 Se entiende que este es un trabajo, que podría ser el índice de un estudio posterior, posiblemente sobre el "materialismo cristiano".

2 Benedicto XVI, Hospital Universitario Gemelli, Roma, mayo 3,2012. Programa Vaticano, EWTN. Dirigido a estudiantes de medicina, cuerpo docente y científicos en general.

3 Esta podría ser tarea de la biblioteca central, en equipo con docentes, investigadores y estudiantes avanzados de la universidad.

4 Este modelo fue experimentado en la facultad de Educación de la Universidad de La Sabana entre 1982 y 86.


 





Indexada en: ISI - SciELO Citation Index, SciELORedalycHINARIPublindex (B), EBSCO-Fuente Académica, Ulrich's, Google AcadémicoDialnetCLASELatindexBiblioteca Digital OEIProQuest - Education Journals, ISI Web of Science

Correo electrónico: educacion.educadores@unisabana.edu.co
Canje: canje.biblioteca@unisabana.edu.co